Lucy es una atrapante película que sin duda provoca la reflexión acerca de lo que somos, de nuestra evolución como especie, y aunque por mucho que lo queramos negar, por mucho que lo tratemos de maquillar, expone con formidables paralelismos escénicos bestia/hombre, que nuestra naturaleza aún es y seguirá siendo sanguinaria y salvaje.
El film también exhibe ese perenne y muy humano deseo de ser como Dios, es decir, como esa abstracción que elabora la mente humana de Supremo Ser que se narra en mitos milenarios, ese gran poseedor de tres facultades de ensueño: La omnipotencia, la omnisciencia y la omnipresencia. En ese sentido el argumento sigue siendo el mismo al del antiguo mito judío, pues son los frutos del árbol de la ciencia los que ahora en pleno siglo XXI nuevamente refrendan al Hombre la misma posibilidad, la de ser Dios.
Pero lo cierto es que las posibilidades que Luc Besson presenta en su cinta, salen del terreno de lo mítico y entran en el mundo de lo posible, pues una idea muy extraña que surge en el campo de investigación del científico Vlatko Vedral en la universidad de Oxford sugiere que: "las unidades de información son lo que crea la realidad, no las unidades de materia ni de energía." Esto en sí mismo da mucho que pensar, pues si con el control del los mundos de información que hemos creado, hemos realizado portentosos prodigios humanos; esto apenas sería un juego de niños en comparación con lo que podríamos hacer si tuviéramos el control para manipular estas elementales unidades de información que constituyen nuestra realidad.
Y como es de esperar, en plena revolución de la información, la que le da un nuevo impulso a la revolución industrial, debe de haber un producto... un encapsulado terminado, que a mi manera de ver hace las veces de piedra filosofal, porque contiene toda la información para alcanzar esa tan anhelada inmortalidad, al disolver la sustancia de la conciencia humana en la totalidad.